Alfredo

Como relaté en algún momento de mis recuerdos, mis andanzas, sobre el indomable Alfredo. Este padecía un malestar, como él lo llamaría, una enfermedad, una aflicción grave. Un día, cuando la enfermedad lo probó duramente y se derrumbó en uno de los bancos de la ciudad, perdido para el mundo, lo encontré. Lo llamé, lo sacudí y él respondió. Apestaba, volvería a envenenar mi coche durante un tiempo, a pesar de todos mis esfuerzos por luego desinfectarlo. “Ven conmigo Alfredo, te llevamos a los Cristianos”. Me miró adormilado

“Realmente no estoy de humor para su bondad inefable, su amabilidad, gentileza y compasión estremecedora. Porque señor Pete, no me encuentro bien hoy”. Y así nos pusimos en camino, Alfredo inconsciente en la parte de atrás, y yo me resigné a inhalar una mezcla madura de muchas cosas desagradables, y amar a mi amigo con un gran esfuerzo mientras lo detestaba también por las molestias que me hacía sufrir. Para recortar una historia larga y abreviarla, lo llevé a un hospicio dirigido por una banda de criminales reformados y hombres duros de las zonas más peligrosas de Málaga. Lo acogieron, lo limpiaron, lo cuidaron, lo alimentaron y lo alojaron. A los pocos días, cuando lo visité, Alfredo estaba a cargo. Después de todo, era un individuo muy inteligente, extremadamente culto y más tarde, una vez que estuvo nuevamente en el abrazo amoroso de los cristianos de la zona, se le podía encontrar en los bancos del parque leyendo la Biblia y citando, no a cualquier profeta, no señor. Alfredo nos habló de la vida y obra de Hamakuk. Yo nunca había oído hablar de Hamakuk, por lo que mi educación bíblica se ampliaría, una vez más. Bueno, lo pusieron a cargo, o mejor dicho, asumió el control de la cocina, y las muchas personas aterradoras, para mí terrorificas, que vivían en el centro y para las que ahora cocinaba, lo adoptaron de inmediato como figura de autoridad, solo superada por el pastor mismo. Era una señal de su encanto y asombro, tal vez el Señor lo había tocado inusualmente.

Se puede comprender, después de varios meses, que sus nuevos amigos apenas se alegraron cuando Alfredo anunció que lo habían enviado a otro lugar cristiano, una finca en el campo donde podría trabajar con el honesto sudor de su frente.. No era tanto que cocinara bien, simplemente que todos comían de todo siempre para complacer a Alfredo y no ser reprendidos por él. A menudo se me venían visiones de estos hombres grandes de aspecto peligroso siendo regañados por Alfredo, que era una persona pequeña y flaca. ¿La identidad del quién era el que lo había enviado a la granja era un misterio? Los hombres me interrogaron en una de mis visitas. Para cuando se fue, todos nos habíamos quedado más o menos con la idea, que él nunca hizo ninguna afirmación, pero que fue el Señor quien lo había enviado y, después de todo, probablemente él era el único cuya decisión sería aceptada. Como definitivo al respecto.

Después de un corto período de trabajo en los campos de la finca, a kilómetros de distancia en medio del campo, tuve la noticia de que Alfredo había sido seleccionado para trabajar con las cabras. Luego me telefoneó, lleno de alegrías, y así, un domingo fui de visita. Me mostró los alrededores, los campos y las cabras, y conocí a sus compañeros que estaban encantados.

“Alfredo es tan maravilloso, una contribución tan positiva, incluso las cabras están más felices ahora con él aquí. A partir de la semana que viene vendrá con nosotros al mercado para vender el queso”.

Varias semanas después recibí una llamada del jefe de la granja.

¿Es este el señor Pete? ¿El amigo del “dicho Alfredo?”

Dije si,

“Sr. Pete, ¿has visto él” dichoso Alfredo” recientemente?”

yo dije

“No, no desde mi visita, ¿por qué? Está bien?”

Más tarde descubrí que un día soleado Alfredo se había escapado del mercado con el efectivo recogido en la venta de los quesos  y los quesos restantes, y nunca más se lo volvió a ver.

Cuando lo vi unos meses después y le pregunté al respecto, dijo:

“Me cansé de las malditas cabras y el queso”, dijo con una sonrisa radiante, “y de todos modos mi malestar había regresado sin previo aviso”.

 

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